La carne se aferra al hueso
aunque ni el hueso ni el alma quieran seguir sosteniendo
aunque no puedan seguir andando
la carne se aferra al hueso y al mundo
se aferra aunque el andar sea insoportable
aunque los ojos sangren ante la muerte
la carne quiere seguir comiendo y viendo y haciendo el amor y viendo y muriendo y viendo
aunque ningún esqueleto pueda ya soportarla
la carne sigue devorando
al tiempo
sigue consumiendo aire y tierra y agua y balas y niños y madres y ancianos y
la carne sigue devorando
carne
intercambiada por carne, por monedas
la carne necesita seguir viendo y haciendo el amor y comiendo
carne
que se compadece de otra carne putrefacta como prueba de miseria porque es carne
y trafica y emancipa y hasta hace revoluciones donde la carne masacra con otra ideología
y la ennoblece a ver si así deja de ser carne, dicen, y trascienden, piensan
y la carne vuelve a ultrajar ese algo que es la carne y los ojos se vuelven otra cosa,
tal vez leche, tal vez piedra, no sienten a otra carne
ésta carne es
está
Sea lo que la carne quiera.
jueves, 15 de marzo de 2012
viernes, 9 de marzo de 2012
El apéndice de Houdini
Nos metimos a los asuntos de amor
como a un negocio de magia.
Montamos el show.
Tú, el sombrero, la palabra.
Una sierra fatal parte la caja
¡Ay!, dios,
en dos,
y yo adentro,
intacta.
Dagas, fuego, espadas,
caen sobre mi cuerpo con honores.
Me muevo entre velos,
amarrándote en falso,
dejando llaves en tu lengua con mi lengua,
contando tu respiración dentro del agua.
Nadie sabe del fondo negro,
ni del truco de las telas.
Nadie sabe de la salida secreta
para (no) poseernos,
para prolongar la incertidumbre
e incendiarnos.
para prolongar la incertidumbre
e incendiarnos.
Doble espejo, doble tiempo,
salir a respirar y luego amarte.
Mañas de mago viejo,
avisándome si todavía estoy viva,
planeando el último truco:
el del corazón escapista.
¿Alguien nos vio de regreso?
Aplausos.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Acto sin propósito I
Una mujer llama a un hombre por teléfono.
Lo cita en un hotel.
Antes de entrar al cuarto, ella susurra.
Ninguno se quita el abrigo.
Él se acuesta.
Ella camina en círculos alrededor de la cama.
Prende un cigarro tras otro.
Suena Chopin.
Él sube el volumen.
Ella fuma frente a la ventana.
No intercambian palabra.
Él se para.
Ella se acuesta.
Cambia el canal.
Un partido de tenis.
Enmudece el televisor.
Él camina, se sienta, fuma, se estira.
Cierra los ojos.
Las horas no cesan.
Ella se baña.
Pinta sus labios de rojo.
Él se baña.
Arregla su corbata.
No hablan.
Salen del hotel.
Amanece.
Se toman de la mano.
Sonrien.
Ella le muerde el lóbulo.
Él la toma por la nuca.
La besa.
Estática.
Adivinan.
Cada uno camina en dirección opuesta.
Lo cita en un hotel.
Antes de entrar al cuarto, ella susurra.
Ninguno se quita el abrigo.
Él se acuesta.
Ella camina en círculos alrededor de la cama.
Prende un cigarro tras otro.
Suena Chopin.
Él sube el volumen.
Ella fuma frente a la ventana.
No intercambian palabra.
Él se para.
Ella se acuesta.
Cambia el canal.
Un partido de tenis.
Enmudece el televisor.
Él camina, se sienta, fuma, se estira.
Cierra los ojos.
Las horas no cesan.
Ella se baña.
Pinta sus labios de rojo.
Él se baña.
Arregla su corbata.
No hablan.
Salen del hotel.
Amanece.
Se toman de la mano.
Sonrien.
Ella le muerde el lóbulo.
Él la toma por la nuca.
La besa.
Estática.
Adivinan.
Cada uno camina en dirección opuesta.
martes, 31 de enero de 2012
Un hombre que reza
Uno siempre dice o de más o de menos, pensó.
El recinto está plagado de gente repitiendo oraciones sin que tengan que pasar por sus cerebros.
Volteó y vio a Inés con la mirada al frente y la boca sellada.
Mientras todos los presentes: los pobres, los feos, las rubias, los crudos, se paraban con fastidio a comulgar, él no podía alejar un pensamiento.
Se preguntó si se formaría para recibir respuestas, para eso se formaban todos ¿no?
Ahí, frente a las imagenes doradas, desproporcionadas, se le ocurrió algo que tiempo después consideraría una genialidad.
Vio a Inés nuevamente, pensó en todo lo que habría llorado por él en la última semana, en el último mes, en el último año. Vio que ella no se paraba a recibir la iluminación. La vio estóica, rechazando el amor. Ella sólo sabía recibir su amor. O eso que él le daba.
Sintió la tristeza punzar desde las sien hasta las pantorrillas. Sintió ganas de ser perdonado. Pero no haría absolutamente nada. Otro pensamiento le atravesó el cráneo, esta vez no era genialidad, quería apartarlo: un cínico, como yo, es un ser tan frágil, tan constantemente triste al que sólo le quedó el cinismo. Se sorprendió de pensar eso, de sentirse vulnerable, de una vez más, como todas ,desear ser arropado, amado, pero sabía era pasajero, luego vendrían las ganas de despojarse del abrazo, de hacer trizas la manta con la que le habían calentado el corazón, luego vería todo hecho hilachos, prendería fuego a su propio sentir y se revestiría nuevamente de sí mismo, vería las lágrimas de todos queriendo apagar el desastre, pero el desastre ya habría ocurrido y lo único que haría, sería sonreir, meter las manos en los bolsillos, a lo mucho descalzarse el sombrero un instante, antes de empezar a correr y a escribir una nueva historia de desastres y lágrimas y llamas de celofán, porque él ya sabía que nada le quemaba por dentro, que lo movía un vacío en la boca del estómago para llegar a casa y teclear frenéticamente y fumar un cigarro tras otro y salir en medio de la noche con el mismo sombrero de sabor amargo, a cerrarle el ojo a una mujer, a dos, a todas y esperar a que alguna o varias o todas abrieran la puerta de su departamento y luego su blusa, y luego su alma y ya una vez adentro empezar a escribirse, así hasta que la emoción se agotara, hasta que la muerte despertara algo en su interior, pero la muerte la hallaba cada vez que le había marchitado los ojos a una pobre enamorada, que le había roto la fe a un amigo, que defraudaba también a la hoja en blanco. Y parecía no ser suficiente. Pero sí. Se estaba quemando y cada nueva herida propinada era una escarificación invisible debajo de la piel, cada reclamo le calaba los huesos, e Inés, siempre Inés que hacía del llano derrumbe un incendio irremediable, que a cada acto le contraponía otro acto de verdadero amor que lo hería más que la vida misma, saberla tan cínica a su manera, tan honestamente destructiva. Ella era la única que no se fingía víctima. Ella era su cómplice. Ella era el combustible de la catástrofe, y le gustaba, les gustaba.
Luego miró a su alrededor: un montón de maridos atentos, un montón de esposas con sonrisas sintéticas, un montón de devoción con olor a incienso y por un instante se sintió pleno, agradecido.
Una mujer sacó un pañuelo y secó velozmente sus lágrimas antes de que su hombre regresara a sentarse junto a ella. Al llegar, ella sonríó en abundancia. Parece feliz, pero quizá no, o quizá eso sea ser feliz.
Caray, no existe una medida perfecta para nada en este mundo.
Posó sus ojos en Inés. Ella, arrodillada, despegó por primera vez la mirada del altar, lo vio fijamente. Desde arriba, le pareció, tenía los ojos inundados. Guiñó.
Voy a rezar menos, dijo.
Todo parece estar hecho para reir, susurró ella. Le besó el cuello.
En la explanada, ya todos volvían a ser los que eran.
martes, 24 de enero de 2012
No sé
Yo no sufro como debo, dicen.
No sufro por la duplicidad de mi apellido
ni por mis cientosesentaytres centímetros
ni por hundirme en el ritmo de tus ojos.
Ahora sufro por cosas más banales, opinan.
Como la salvaje muerte de los osos en el polo
o el súbito descubrimiento de un arma.
Ahora lloro por un montón de gente, y dicen
es malo para la salud.
A veces, pienso en ti. Del nudo en la garganta
paso a la fantasía y luego ahí,
te veo remotamente feliz y me esperanzo.
Otras veces, casi todas, en el camino
siento pena, mareos, naúseas: puro síntoma barato
ante tanto deseo inconexo.
Yo no sufro por lo que se debe sufrir, piensan,
pero no me acongoja el amor no eterno,
ni esos celos, ni la propiedad privada.
Sufro por sentir como siento.
Desde siempre he tenido el sentir puesto en otro lado,
no lloraba por una muñeca rota, sino cuando me
cantabas arrullos, (pensaba que te cansabas, abuela).
Sufrí porque un día ya no estarian mis amores
por entender que todo tiene un término,
por eso nunca quise un perro, mucho menos un pez:
al verlos pienso en el mar, y aunque el dependiente
de la tienda diga que no entienden,
que son felices detrás del cristal, yo le pregunté
por Nemo y él respondió que Nemo sí extrañaba
su casa.
Luego, al descubrir que el placer se podía compartir,
lloré de vértigo.
Yo no sufro por los pecados, sino por todo lo bello
que es nombrado así.
Cometimos el ritual, le hicimos un hoyo
al tiempo, al mundo, para meter nuestros cuerpos
bañados de inocencia. Lloro.
Pobre mundo, quedó tan ultrajado y tú y yo, tan lejos...
No soy menos feliz,
no sé si cinismo, disfunción o
simple enfermedad crónica.
Algún día voy a aprender a sufrir como se debe.
jueves, 8 de diciembre de 2011
CONTRA LAS ALAS
Querida, estoy cansada de que me hables de hombres alados. Sí, ya sé, es una metáfora, pero una de las más fastidiosas. Un hombre camina, corre, huye, repta, a lo mucho se deja caer en algún vacío, pero volar...Sí, todos queremos volar, pero también todos queremos un montón de cosas que no pueden ser y no vamos por la vida alardeando la imposibilidad de nuestros deseos ¿o sí? Yo, por ejemplo, a veces quisiera ser un pez con dos ojos, unas branquias y no pensar, pero nosotros, los que llevamos un acuario en la cabeza lleno de criaturas multicolores y otros engendros, no tenemos la mínima intención de poseer unas protuberancias naciendo de los omóplatos, por mucho que nos entintemos las espaldas o las evoquemos. Seguro a algún científico loco se le ocurrirá instalarnos el sofisticado sistema y será con fines menos lúdicos que el placer de los aires. Así que, dejemos las alas y el vuelo humano a la poesía plastificada de los días de San Valentín o a las muestras empalagosas del romance.
Admiraré el vuelo de las criaturas hechas para ello, sus alitas más perfectas que mi visión, su despegue más diestro que el entendimiento y toda elevación se reducirá a sentir.
Gracias, tampoco quiero hablar de ángeles.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
A la realidad:
Me avientas una y mil veces, me deformo, me estiro, me hago pequeña, blanda.
Recoges mi cuerpo maltrecho, lo sanas,
se recupera (risas)
lo lanzas de nuevo.
Mi ser, dislocado se retuerce,
canta la agonía, notas bajo el agua
miembros rotos ante a tu pupila indiferente.
Me tomas entre tus manos, me remiendas
zurcido antinatural
aguja envenenada, hilo-palabra-llanto.
Un brazo, una pierna, un ojo en el suelo
el corazón me cuelga de un nervio,
ha ensuciado todo.
El vestidito azul empapado.
Tus pestañas gotean.
Silencio en el estrado.
máscara de arrepentidos
maquillaje para el alma
usa peluca, dolor, píntate los labios, sal por la noche a enseñar las pantorrillas.
Engáñate otra vez, ríe frente a todos y escupe sobre las manos del tiempo. Vamos a devenir en ello. En nada. Abusáste del oráculo. Te interpones entre la nube y el agua. Gira la rueda muy a pesar de la piedra sobre la que anda. Anhelo, luego la bofetada.
Deseamos con tanto ardor que cuando poseemos, ya todo es cenizas.
Recoges mi cuerpo maltrecho, lo sanas,
se recupera (risas)
lo lanzas de nuevo.
Mi ser, dislocado se retuerce,
canta la agonía, notas bajo el agua
miembros rotos ante a tu pupila indiferente.
Me tomas entre tus manos, me remiendas
zurcido antinatural
aguja envenenada, hilo-palabra-llanto.
Un brazo, una pierna, un ojo en el suelo
el corazón me cuelga de un nervio,
ha ensuciado todo.
El vestidito azul empapado.
Tus pestañas gotean.
Silencio en el estrado.
máscara de arrepentidos
maquillaje para el alma
usa peluca, dolor, píntate los labios, sal por la noche a enseñar las pantorrillas.
Engáñate otra vez, ríe frente a todos y escupe sobre las manos del tiempo. Vamos a devenir en ello. En nada. Abusáste del oráculo. Te interpones entre la nube y el agua. Gira la rueda muy a pesar de la piedra sobre la que anda. Anhelo, luego la bofetada.
Deseamos con tanto ardor que cuando poseemos, ya todo es cenizas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)